lunes, 18 de junio de 2012

Ficha de obra literaria


FICHA DE LA OBRA LITERARIA: . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

I. DATOS GENERALES 
Estudiante:
Autor: . . . . . . . . . . . . . . . . .                                                        Puntaje: . . .  puntos
Bimestre: . . . . . . . .

II. DEL AUTOR  
Breve biografía del autor:
Fecha de nacimiento, lugar:
Fecha de fallecimiento, lugar:
Profesión u oficio que tuvo:

III. DE LA OBRA
Título:
Subtítulo
Género:
. . . . . . .
Narrador:
Personajes principales:
Personajes secundarios:
Lugar o lugares:
Tiempo:
Argumento:

IV. VERIFICACIÓN  
Citas textuales que te hayan llamado la atención (seis como mínimo, indicando la editorial, año de edición, página…)

V. VALORACIÓN
Reflexión personal sobre la obra


VI. GRAFICA
Elabora un dibujo con una escena que te haya llamado la atención (en el cuaderno).


Instrucciones
Esta ficha deberá ser adherida a tu blog, luego deberá ser copiada en tu cuaderno.


18-06-2012

jueves, 14 de junio de 2012

Actividades 2B, 14-06-2012




Actividades

En su cuaderno, responde sobre:

1. ¿Qué es un clérigo?

2. ¿Quién ha sido León Tolstoi? (en cinco renglones, anotando lo principal sobre su vida y su obra).

3. ¿Por qué Martín, en dos oportunidades, desea morir?

4. ¿Por qué el personaje principal cambia de conducta?

5. ¿Qué personajes secundarios actúan en el relato?

6. ¿Cómo aparece la Biblia en los brazos de Martín?

7. Cómo te gustaría que concluya la narración (mínimo un párrafo)?

8. Dibuja una escena que te haya llamado la atención...


martes, 12 de junio de 2012

EL FABULOSO TESORO OCULTO DE TACNA





Ayer, por la noche, antes de dormir mi nieto temblaba. Pensé que estaba enfermo o tenía gripe. Noté que sudaba, entonces le pregunté:
- ¿Qué te pasa, hijito?
        - Nada abuelo. Esteeeee, la verdad, hoy me han contado un relato. Dicen que en Pachía existe un tesoro oculto, allí existe oro. ¿Es verdad eso, abuelito? ¿Tú qué sabes?
        - Te voy a contar un secreto. Cuando los españoles capturaron al último Inca, los súbditos ordenaron que juntasen todo el oro del imperio, para pagar el rescate. Los antiguos pobladores de Tacna, juntaron el oro. Cuando estaban llevando en llamas, el oro; se supo la fatal noticia: habían matado al Inca.
        El jefe de Tacna, ordenó que enterraran en Pachía, todo el oro, junto con las llamas y sus conductores. Todos fueron cubiertos de tierra, vivos.
Así se mantuvo en secreto el tesoro de Tacna. En 1833, un arriero encontró una llama con un poco de oro. Avisó a sus familiares; entonces, se fueron a excavar, para sacar el metal precioso. Cuando vieron un objeto pesante, que brillaba como el sol. ¡Sorpresa! Un terremoto en Tacna, era el año de 1833.
Pasaron los años, y en 1868, un buscador de minas encontró objetos de oro. Hizo emborrachar a varios campesinos de Calana y Pachía, y luego los llevó para extraer el oro. Cuando vieron que algo brillaba, se dieron cuenta que iban a ser millonarios. Fatalidad, un terremoto y un maremoto destrozó Tacna y Arica.
Una empresa minera, el 23 de junio del 2001, encontró oro de alta calidad. Gracias a los detectores de metales preciosos, el sueño de ser ricos iba a ser una bella realidad. ¡Desgracia! Un terremoto asoló la región sur del Perú y el norte de Chile.   

  Actividades:
En tres o cuatro párrafos, debe de terminar el relato y publicar en su blog, además de copiarlo en su cuaderno. 
Se debe tener cuidado con los signos de puntuación. No descuidemos la ortografía.
Próxima clase: revisión de trabajos...

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lunes, 11 de junio de 2012

Informe viaje a Ite


Tacna, junio 11 del 2012

Informe n- 001 FyA / 2B - 2012

De: estudiante Juan Pérez Vargas
Al: profesor Reymundo Hualpa Condori
Asunto: informa sobre viaje a Ite

       Es grato dirigirme a usted, para informarle lo siguiente:

1. El día viernes 08 de junio viajamos a Ite, junto a todos mis compañeros y compañeras del 2do “B”.   
2. Según lo que usted nos pidió, he observado la presencia de arañas gigantes, mariposas y unos insectos que desconozco su nombre.     
3. He mirado a varias aves, como los gallinazos de plumas negras con cabeza roja; las garzas blancas; patillos; pelícanos; patos, al parecer, en estado salvaje.
4. Me he quedado impresionado por la presencia del ganado vacuno y el ganado caprino, ya que ellos se alimentan de plantas contaminadas. Estoy seguro, que apenas crezcan y engorden dichos animales, serán vendidos en los mercados.    
5. En cuanto a las plantas, he observado a la totora, que crece a más de dos metros de altura; he visto a otras plantas que no sé qué denominación tienen. 
       Es cuanto puedo informar a usted para los fines que crea por conveniente,

atentamente


Juan Pérez Vargas
Estudiante

lunes, 30 de abril de 2012

El gato negro, cuento de Edgar Allan Poe

EL GATO NEGRO
“No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
            Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
            Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
            Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
            Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
            Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
            El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
            La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
            No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.
            Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
            Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
            Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
            Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
            Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
            Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
            Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.
            El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
            Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
            Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
            Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.
            Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
            Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
            El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
            No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".
            Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
            Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.
            Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
            -Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.
            Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
            Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!” (Edgar Allan Poe).
Actividades
Extrae las palabras desconocidas, busca su significado y anota su significado en tu cuaderno.

martes, 8 de noviembre de 2011

Reglamento interno del concurso sobre historia de Tacna

Gobierno Regional de Tacna
Proyecto “Recuperación de los aportes culturales, étnicos y folclóricos de la región de Tacna”


REGLAMENTO INTERNO DEL CONCURSO “CONOCIENDO NUESTRA HISTORIA DE TACNA”
           
Según la Directiva n- 108 – 2011 – DGP – DRSET/GOB. REG.TACNA se dan las orientaciones generales para el desarrollo del concurso escolar.
Considerando que se avecinan las distintas fases del certamen escolar, es que publicamos el Reglamento Interno del Concurso (RIC).

            1 Etapas del concurso:

1.1. Primera etapa: el profesor responsable de cada institución seleccionará a un alumno (o tres, como máximo), que represente a la institución educativa en la segunda etapa. Esta fase eliminatoria tiene el carácter de interno, para cada centro educativo.
El docente asesor podrá implementar diversas estrategias para la selección: concurso interno, por designación… Seleccionado el estudiante (o estudiantes), deberá de ser inscrito en la casa Basadre, o en el correo electrónico  casabasadre2011@hotmail.com

1.2. Segunda etapa: los estudiantes semifinalistas darán una prueba escrita el día once de noviembre, a las diez de la mañana, en cada UGEL (las coordinaciones para determinar el local para la aplicación de la prueba, las realizará el especialista en educación secundaria y un promotor del proyecto de Identidad Cultural del Gobierno Regional). De acuerdo al orden de puntaje alcanzado por los concursantes de la región, los ocho primeros puestos pasarán a la gran final. Esta fase corresponde a la semifinal.
En cuanto respecta a la provincia de Tacna, la evaluación se realizará en la institución educativa San José - Fe y Alegría n- 40 de la ciudad de Tacna (ubicada en la prologación de la calle Arias Araguez, a un costado de la morgue). Las puertas de dicha institución se abrirán a las 09,30 (los salones estarán ubicados en el pabellón del lado derecho, en el segundo piso).

1.3. Tercera etapa: se realizará el día dieciocho de noviembre en la casa Basadre, a las tres de la tarde, siendo la evaluación oral, con la asistencia de los concursantes, compañeros de estudio, docentes asesores, familiares y público en general. Esta fase es la gran final.

2. Evaluación de la gran final   
Los docentes asesores deberán de estar veinte minutos antes del inicio del evento, para poder efectuar el sorteo respectivo, para el orden de ingreso de los concursantes. De no estar presentes, no podrán presentar reclamo alguno. Una vez concluido el sorteo, el maestro de ceremonias leerá el orden de ingreso de los participantes.
Los concursantes deberán de presentarse correctamente uniformados. Ellos se ubicarán en la zona B, y serán guiados por los promotores culturales.
El maestro de ceremonias llamará al participante, de no encontrarse, hará un segundo y un tercer llamado, de no estar presente el concursante quedará eliminado. Y se llamará al siguiente participante.

2.1. De la evaluación
La prueba será oral. El maestro de ceremonias llamará al participante, éste se ubicará frente al micrófono.
El maestro de ceremonias leerá la interrogante, de tener alguna duda el participante puede pedir que se relea la pregunta. Una vez transcurrido los veinte segundos, el concursante expresará la respuesta oralmente. De ser ininteligible la respuesta del participante, el jurado calificador pedirá se reitere la respuesta.
Inmediatamente el maestro de ceremonias indicará si lo aseverado es la respuesta adecuada. Si el concursante se hubiese equivocado, quedará eliminado. Si el participante acertó con la respuesta requerida, pasa a la segunda fase.
Si se filtrase alguna respuesta, proveniente del público asistente, automáticamente se eliminará la pregunta y se leerá otra interrogante.   
Si el docente asesor considera que hubo alguna situación irregular, con relación a la participación de su alumno, inmediatamente avisará a uno de los promotores culturales. El promotor tomará nota del reclamo y comunicará al jurado. Al terminar la primera fase, habrá un pequeño receso de cinco minutos.
En dicho tiempo, el jurado invitará al profesor asesor para que exponga su reclamo internamente. Escuchada la argumentación, el jurado decidirá inmediatamente si es procedente o improcedente la observación. La decisión que tome el jurado es inapelable, no existiendo otra vía.
La segunda fase del concurso tendrá las mismas características de la primera fase. Lo que ha de variar es el nivel de dificultad. Es decir, será eliminatoria, y se pasará a la tercera fase.
En la tercera fase, será similar a la anterior. Al final, quedará el ganador o ganadora del certamen.  

El local del concurso
El local del concurso se dividirá en cuatro zonas:
a) Zona A. Estará ocupada por el maestro de ceremonias, los promotores culturales, el jurado calificador. Nadie podrá acceder a dicha zona, salvo autorización expresa de los responsables del evento.  
b) Zona B. En ella estarán ubicados los ocho concursantes.  
c) Zona B1. En dicha área estarán sentados las autoridades o invitados.   
            d) Zona C. En ese sector se ubicarán los docentes asesores de los estudiantes participantes, directores de las instituciones educativas.  
            e) Zona D. Padres de familia, familiares, compañeros de estudio, público en general.
            Camarógrafos y fotógrafos. A un costado de la zona B1 se ubicarán los camarógrafos o fotógrafos, los mismos que deberán de guardar absoluto silencio en el momento del concurso, de no guardar la compostura del caso, se les llamará al orden. De reincidir en su conducta infraterna, serán retirados del local del concurso. Por ningún motivo podrán acceder a las zonas A y B. 
            Del público
Si alguna persona ingresase al local, con síntomas de haber consumido bebidas espirituosas, y despliegue una conducta irregular en el evento, será invitado a retirarse. De no hacerlo, se pedirá apoyo de la fuerza del orden.
            Cuando se implemente el concurso en sí, el público asistente deberá de guardar silencio. Se recomienda no traer niños. Todas las personas que ingresen al local, deberán de apagar su celular, a fin de evitar contratiempos a los concursantes.
            Está prohibida la implementación de barras en el recinto de la casa Basadre, toda vez que es un certamen académico.
            Si alguna persona intentase avisar la respuesta, por diversos medios, deberá de abandonar inmediatamente el recinto del concurso. Cualquier incitación al desorden, significará el retiro de la persona causante.

            3. De los premios y estímulos
La DRSET entregará un presente significativo a todos los estudiantes que lleguen a la fase final del concurso. A los alumnos que ocupen los tres primeros lugares se los premiará con recursos informáticos y material educativo.
La DRSET entregará resoluciones de felicitación a los docentes asesores, cuyos estudiantes hayan llegado a la fase final del concurso.
La premiación a los estudiantes que ocuparon los tres primeros lugares, así como a los finalistas, se realizará el veinticinco de noviembre (incluidos los docentes asesores), en la casa Basadre, sito en la avenida San Martín n- 212, en coordinación con la DRSET.

4. Aspectos generales
Los organizadores del evento garantizan la solvencia del jurado calificador, por ser un personaje que tiene autoridad moral y de reconocida trayectoria en la investigación científica de la región de Tacna.
El resultado del jurado es inapelable, siendo la máxima instancia del concurso. Los concursantes se someten a las bases del presente documento.  
Cualquier consulta, pueden acercase al local de la casa Basadre, o escribir al correo electrónico casabasadre2011@hotmail.com
Los aspectos no contemplados en la presente directiva, serán resueltos por los organizadores.

Tacna, noviembre del 2011